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Aplicación Propósito y Fin del Diseño

Si diseñar implica supeditar la creación de formas a un propósito, el propósito del diseño es responder a una necesidad del hombre. Su verdadera dimensión y su rol social los adquiere al dar respuesta formal a una función; es decir, al modo de acción en virtud del cual un objeto cumple la finalidad para la cual ha sido creado.

Dos enunciados están ligados al diseño: el de pensamiento proyectual destinado al bien individual y social, y el de objeto proyectado que responde a una necesidad.

El fin, el propósito y el objetivo del diseño, es crear objetos útiles para atender a las necesidades del hombre en su hábitat cotidiano, en su ámbito, en su entorno social y físico. Para decirlo en términos de Max Weber: la racionalidad con arreglo a fines, es el sentido del diseño.

En esta época expansiva, es conveniente precisar el alcance de la idea de “propósito”, pues la constante movilización de los procesos de comercialización conduce con facilidad a la fabricación o a la programación de necesidades ficticias o superfluas. Los avances tecnológicos van estructurando al hombre de tal forma que, casi sin percibirlo, se ve estimulado a sentir como propias necesidades nuevas que en realidad no son suyas. Un reloj que da la hora, por ejemplo, no es igual a otro que, además, es sumergible, cronómetro y calculadora. En el primer caso se trata de un reloj que simplemente cumple con su función específica de darnos la hora. Ese es el propósito de un reloj: dar la hora. Pero en el caso del segundo reloj que hemos mencionado, el propósito de ser útil a una necesidad se confunde con el propósito de innovar para vender en el contexto de un mercado altamente competitivo. Tal suele ser el propósito del auge tecnológico. Unas veces se trata de genuinas innovaciones para servir mejor a las necesidades humanas, y otras tantas veces no suelen ser más que meras chucherías exhibidas para fascinar.

El riesgo de no clarificar esta diversidad de propósitos presentes en un mismo objeto, puede conducir a la creación de “lo superfluo”.

Hablando con propiedad (y honestidad) hay que decir que la razón de ser necesario o útil es inherente al diseño. No se diseña lo inútil. Un buen diseño es tanto más bueno cuanto más útil resulte. En efecto, la utilidad es una razón intrínseca, estructural, esencial, propia del pensamiento proyectual. ¿Por qué? Pues porque el diseño es siempre algo que “sirve para”. Así, el diseño establece la correspondencia entre la comprensión de un estado de necesidad y la composición de un objeto apto para satisfacer necesidades específicas (en la medida de lo posible). Este es un punto neurálgico en la comprensión del diseño como fenómeno social.

Ese estado de necesidad está compuesto por dos tipos de menesteres: los materiales y los no materiales.

Las necesidades materiales pueden ser: fisiológicas (alimentación), ambientales individuales (vestido), ambientales sociales (vivienda), de salud en el sentido de bienestar somático (atención médica preventiva y curativa), de aprendizaje (escuelas), de libertad de expresión (medios de comunicación), de libertad para circular (medios de transporte), de cultivo del cuerpo y del espíritu (clubes deportivos y lugares de esparcimiento), etc.

Las necesidades no materiales, a su vez, pueden ser: creatividad, identidad, autonomía, compañía, participación, autorrealización, sensación de que la vida tiene sentido; es decir, de que vale la pena vivir esta vida desde la situacionalidad en la cual nos ha sido dado vivirla.

A su vez, todas estas necesidades pueden categorizarse en cuatro niveles. Estas categorías, a su vez, han de establecerse de modo acorde al orden de posibilidades presentes en cada contexto social concreto; es decir, en correspondencia con los factores condicionantes de su respectiva realidad. Tales categorías son:

  1. Necesidades reales, básicas y prioritarias.
  2. Necesidades reales de bienestar y confort.
  3. Necesidades aparentes o creadas.
  4. Necesidades inadecuadas (de ostentación, de lujo, de figuración, de dominio).

Entre los siglos tercero y cuarto antes de Cristo, el filósofo griego Epicuro, se refirió a este orden de necesidades, agrupándolas en tres categorías, en razón de su respectivo orden de importancia en la vida y acorde a su capacidad de brindarnos placeres genuinos y duraderos; a saber:

a. Lo natural y necesario:

Estos son factores irrenunciables de la felicidad, y obsérvese que son los menos materiales y los más económicos; por ejemplo: tener amigos, gozar de libertad y darse a la reflexión; además de disponer de comida, cobijo y ropa.

b. Lo natural, pero innecesario:

Estas son cosas que no deben ser deseadas, pero que pueden ser bien recibidas si la vida nos las da; por ejemplo: tener una gran mansión, baños privados, banquetes, sirvientes, carruaje, etc.

c. Lo que no es ni natural ni necesario:

Estas son cosas de las que conviene precaverse siempre, porque suelen “venderse a un costo muy alto” y conspirar fuertemente contra la verdadera felicidad; por ejemplo: adquirir fama, poder, lujos y riquezas.

Al escribir esto, Epicuro no pretendía predicar una suerte de pauperismo, sino invitarnos a pensar en la belleza de la simplicidad; la cual sólo puede ser apreciada por quien ha sabido cultivar su capacidad para sentir el placer de las cosas poco costosas.

Dentro de las cuatro categorías que señalamos anteriormente, el diseño actúa en la proyección de los objetos que corresponden a las dos primeras; esto es: a) necesidades reales, básicas y prioritarias, y b) necesidades reales de bienestar y confort. El lujo, por su parte, no es un problema ni específico ni prioritario, del diseño.

En este orden de ideas, el diseño es un tipo de pensamiento destinado al mejoramiento del hombre en su medio ambiente, entendiendo a éste como el medio físico y socio cultural creado por el hombre mismo.

El estudio de las relaciones entre el hombre y su medio es una de las metas básicas del diseño, porque su fin es crear objetos que atiendan a las necesidades de la vida humana, individual y social. A su vez, y dado que la persona humana es un ser esencial y existencialmente especificado como “hablante”, cabe señalar entonces que, para el establecimiento adecuado de esas relaciones, resulta de capital importancia el correcto diseño de objetos destinados al servicio de procesos comunicacionales. Es que siempre estamos inmersos en procesos comunicacionales. Ya lo dice el primero de los cinco axiomas de la comunicación enunciados por Paul Watzlawick: no es posible no comunicarse.

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